Capitulo 1
Mi vida en Westfaire
DÍA DE SAN RICARDO DE CHICHESTER, ABRIL,
AÑO DE NUESTRO SEÑOR DE 1347
AÑO DE NUESTRO SEÑOR DE 1347
No llegué a conocer a mi madre. Mi padre nunca habla de ella, aunque mis tías, sus hermanastras, compensan ese silencio con una locuacidad tan incesante como maliciosa. Las tías hablan mal de ella, quienquiera que fuese y le pasara lo que le pasase, asuntos que evitan mencionar aunque no paran de echar pestes sobre ellos. Siempre he pensado que no malgastarían sus fuerzas si estuviera muerta, y que por tanto probablemente esté viva en alguna parte. De mortuis nil nisi bonum, dice el padre Raymond, pero eso sólo se aplica a los muertos.
Cuando era muy joven solía preguntar por ella. (Como pienso que hubiese hecho cualquier niña. No lo haría por maldad.) Al principio me mandaban callar y, cuando insistía, me castigaban. Nada me enfurecía más o me impulsa más a hacer averiguaciones que las negativas a responderme. En realidad no me importa que la gente no sepa algo, pero odio que no quieran decírmelo. No es inteligente porque despierta todavía más la curiosidad. Fueron las tías susurrando cosas lo que me inició en la costumbre de escuchar detrás de las puertas y entretenerme ante las ventanas abiertas. El padre Raymond me lo reprocha cuando me confieso, aunque admite que no es un pecado muy grave. Fue idea mía confesarlo, porque me hace sentirme ligeramente perversa, pero quizá la curiosidad no sea un pecado y no haga falta que me sienta culpable por ello. Intentaré no confesarlo durante un tiempo, y ya veré.
A veces oigo el nombre de mi madre, Elladine, y referencias a «la Maldición» o «la Maldición de la Niña». La Niña por lo visto soy yo. Si habría sabido lo que era una maldición durante mi más tierna, infancia hubiese acabado irremediablemente confusa o herida. Pero resulta que no sabía lo que era una maldición, igual que no sabía lo que era una madre, aparte de que la mayoría de los niños no tenían una cosa y sí tenían la otra y que yo tenía ambas pero no era capaz de distinguir una de otra. Ahora que soy mayor y sé lo que es una maldición, aunque desconozca los detalles concretos referidos a mi persona, estoy acostumbrada a la idea y no me parece que estar maldita sea tan aterrador como probablemente debería parecerme...
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